Vaya por delante que, aunque estoy en contra de la confección de esas degradantes “listas de señalamiento antiabortista” de las que pretenden hacer víctimas a los profesionales de la Salud, yo me sentiría orgulloso de aparecer en alguna de ellas. De hecho, siendo profesional de la Sanidad, en su día ya fui “castigado” por esta causa -a través del pérfido invento pesebrero del “complemento de productividad”-, mermando los haberes por defender mi postura, aunque nunca lo lamenté, porque tamaña injusticia me permitió predicar con el ejemplo -que es como hay que hacerlo- y, de paso, pasar la prueba del algodón.
Esta postura la mantengo desde hace cincuenta años cuando, en la Facultad de Medicina, me informaron del principio biológico de la vida y me posicioné contra todo acto que pudiera interrumpir la de un ser humano en cualquiera de sus etapas. Desde entonces soy antiabortista y siempre manifesté mi opinión -no sólo a la hora de ejercer mi profesión y actuar en consecuencia- sino, también, en cualquier lugar donde tuve la ocasión de manifestarme públicamente, incluso contando con la autorización excepcional de la Dirección del Partido Andalucista cuando militaba entre sus filas.
Sin embargo y, después de un montón de años en la política, me asustan los dogmas y por eso descreo cualquier extremo axiomático, ya venga por la derecha o por la izquierda y, aunque me espantan las ideologías, cultivo las ideas y huyo de las etiquetas como de la peste. En consecuencia, rechazo el esperpento de los que claman contra la violencia de cualquier muerte de cárcel, guerras y arenas, pero aceptan -e incluso exigen y legislan- las muertes asépticas de los quirófanos que no salpican, porque sus víctimas no tienen nombre todavía ni rostros perfilados.
Más, con la misma convicción que defiendo la vida de un ser humano, rechazo a los que exigen su derecho a la libertad y después no responden de las consecuencias de sus actos; y rechazo -con idéntica fuerza- a los que abusan del poder para influenciar coercitivamente en las decisiones de los ciudadanos y los profesionales, manipulando sus vidas y usando la discordia y la confrontación de los principios y las ideas, para agredir la conciencia, los intereses y la convivencia entre los hombres.
Pues bien, desde las antiguas cicatrices de mis luchas, hoy regreso -después de tanto tiempo- a estos artículos que dejé por apatía, para reafirmarme en la convicción de que la Ley, en un Estado de Derecho, debería de velar, con idéntico empeño, por la Vida y por la dignidad de cada ser humano en el ejercicio libre de su conciencia. Mucho más, cuando se trata de profesionales que deben actuar sobre la vida o la muerte de los demás. Creo que es pura cuestión de Justicia y por eso lo escribo…, aunque, después, tanto facha me tilde de “facha”.


