Después de la decisión del gobierno Sánchez-Iglesias de subvencionar con ayudas exclusivamente a la Educación Pública ignorando a la Concertada, hay quien ha puesto el grito en el cielo como si fuese algo escandaloso. Sin embargo y, aunque en efecto podamos considerarlo un escándalo -teniendo en cuenta que la Educación Concertada supone casi un 30% en España, con dos millones de alumnos afectados y que el dinero que se niega es el de todos los contribuyentes-, no comprendo la sorpresa, cuando esta maniobra se veía venir más pronto que tarde.

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Avalanchas de iletrados
vienen paciendo a sus anchas
y, al pasar, pasan y cargan
con lo laico y lo sagrado:
lo mismo les da una reina
que la humildad de un vasallo,
la pluma de un escritor
o la espada de un hidalgo,
el amor de un misionero
que la estampa de un caballo:
hay que acabar con los monstruos
que la Historia haya alzado…

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Confieso que cada día estoy más asustado, pero no por el coronavirus dichoso -que a ese acabaremos venciéndolo o controlándolo-, mi miedo es a esa otra epidemia que los españoles estamos sufriendo desde hace unos años y que nos mantiene continuamente irritados, convirtiéndonos en seres irracionales dispuestos, siempre, a dar un paso más hacia el precipicio. Esta epidemia, de carácter endémico y periódico, es la del “sectarismo” puro y duro que padecemos en España secularmente y para el que nunca hubo mascarillas ni guantes ni dexametasona.

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Queridos padres, queridos abuelos, queridos vosotros que construisteis este país como si fuera una Patria (¡qué disparate!), queridos los que llegasteis hasta el invierno y os habéis hallado con la más gélida de las heridas: la Soledad. Queridos vosotros, que luchasteis por la reconciliación y, hasta el último instante abogasteis por no repetir la triste historia que nos persigue (¡adorables quijotes!). Queridos todos, que no esperabais nada, pero tampoco la maldición del coronavirus y la insólita respuesta de vuestra prole (¡ingenuos hasta el final!). Nunca pensé que, algún día, desde mi dulce otoño pudiera saludaros con envidia. Pero me permito esa envidia por lo bien que lo supisteis hacer: por vuestra inmensa capacidad de sacrificio, por todo lo que habéis sido y representáis para España, por todo lo que aprendimos de vosotros los muchos que ahora -a pesar de algunos otros pocos malandrines- os recordamos con el cariño más profundo y la mayor admiración, lejos de la insidia, los cálculos inhumanos, las irresponsables omisiones y las incompetencias.

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Confieso que hace tres semanas, cuando publiqué la primera parte de este artículo, ya tenía casi escrito las dos siguientes, peso de tener que esperar casi un mes para no publicar de golpe un artículo tan extenso, me ha generado un problema que, para ser sincero, ya me lo veía venir desde lejos: la dinámica de los acontecimientos era tan rápida que, llegada la tercera parte, como que queda obsoleta y me siento en la necesidad de reestructurarla casi por completo.

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Porque he tomado distancia para poder escribir después de conocer los datos, ahora -que el tiempo ha pasado y los datos son incuestionables- puedo manifestarme con mayor rigor aunque, lógicamente, dejando un margen al posible error del que conoce el daño de los dogmas. Sin embargo, creo que, antes que nada, deberíamos tener presente dos premisas fundamentales: la primera es que nadie quiere una pandemia en su casa y, por tanto -y esta sería la segunda premisa- todos los gobernantes, por lógica, están dispuestos a combatirla con los medios a su alcance… y, de esta última afirmación, surge -en España y para los españoles- el primer conflicto con la Lógica. 

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