Para las elecciones municipales de hace algo más de cuatro años, escribí un artículo titulado “Mi Candidato”. En él intentaba determinar -tras mis veinte años de activismo político- las cualidades que, según entendía, debían adornar a un buen Candidato, a un verdadero líder.

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Cuando Franco murió dejó dicho, entre sus últimas voluntades, la de ser enterrado en el Cementerio de El Pardo, donde había mandado construir una última morada para descansar junto a su esposa Carmen. No sólo eso; como no se fiaba de nadie, supervisó personalmente las obras y, en uno de esos gestos de austeridad gallega, pidió que achicaran el proyecto original porque le pareció demasiado ostentoso.

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Esta tarde he visto a una señora con una bandera de España que, en plenas calles barcelonesas, defendía sus derechos frente a los independentistas catalanes. De pronto, un energúmeno, un niñato mal nacido, no sólo arrancó aquella bandera de las manos de la mujer que podría haber sido su abuela sino que, con ira incontenible, la golpeó con su puño cerrado, dejándola caer sobre el asfalto. La policía no hizo nada contra el monstruo y yo salté de indignación: me acordé de mi madre… ¿Dónde estaba la autoridad, dónde están ahora tantas asociaciones que condenan el maltrato a las mujeres, a los seres más indefensos (incluso las que tanto vociferan contra la violencia ejercida sobre cualquier animal indefenso)?

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Por desgracia, cada vez es mayor el número de españoles que desconocen nuestra historia o se dejan arrastrar por los ignorantes y las redes de comunicación, para agravar los bulos, enaltecer la estupidez y alimentar nuestro tradicional cainismo.

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Los españoles somos tan españoles, que no hay pecado capital de los que tenemos que no cometamos. Los gobernantes más todavía, por que son más “listos”.

Ya saben ustedes lo de los pecados capitales del español: la envidia, el egoísmo y la soberbia –que ganan por veinte cabezas- y, después, la avaricia, la ignorancia,…  Más hay uno muy característico que, aunque pueda considerarse virtud, en el español suele derivar en falta: me refiero a la constancia que –de pura cabezonería-, el español a veces los convierte en embestida… y, si no, que se lo digan a los huesos de Franco.

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