Tras el enésimos varapalo que esta gente mediocre -empeñada en regir no sólo nuestros destinos sino nuestro Patrimonio más sagrado- recibe de la R.A.E. de la Lengua, la cual se conduce siempre por la lógica de la razón que gobierna las palabras, he pensado que sería un detalle sacar de las alforjas de lo escrito, uno que concebí hace casi seis años pero que, con la embestida de la mediocridad, liderada en esta ocasión por Carmen Calvo -siempre tan empecinada-, se hace tan vigente que, al final, puede resultar un buen artículo semanal y, desde luego, el mejor homenaje de respeto y admiración que puedo rendirle a nuestra Institución Académica más respetable. 

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Confieso que llevo algún tiempo algo despistado o, más bien, confundido. Ando con la mosca en la oreja viendo todo lo que pasa y procuro analizar con cierta perspectiva el comportamiento de Pedro Sánchez. Perspectiva que me exige una objetividad, que acabo perdiendo ante alguna obviedad que me revienta y, entonces, me lanzo con alguna pincelada breve impregnada de ironía o sarcasmo, cuando la neurona me da para cotas mayores.

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Reconozco que muchas veces me parece una putada esto de prever lo que puede pasar. Sobre todo, cuando ocurre algo que debería dolernos. Entonces, renuncio a ese: “¡Mira que te lo dije!… ¡Si ya te lo decía yo!... ¿Cuántas veces te lo advertí?”, porque, en el fondo, considero indecente ese recochineo, que no deja de ser un alarde: un íntimo gesto de mala leche contra alguien que yerra y que, de alguna forma, nos importa.

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La parrafada que la ministro Celáa lanzó sobre los derechos de los padres a la educación de sus hijos, me da en las narices que sólo pretendía una pose de marcada progresía buscando aliados a la desesperada; y la cosa es grave, aunque después haya querido parchear un poco, más aún después de lo que estamos aprendiendo en Cataluña sobre la importancia de la Educación y lo fácil que resulta manipularla.

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