Confieso que regreso a mis artículos con la culpa del prófugo y la complicidad de los amigos. Esta situación extrema de la pandemia, que estamos viviendo y que nos ha desbordado por lo grave y extraordinario, me acobardó ante las letras. No por falta de ideas sino porque escribo lo que pienso y, en esta ocasión, me pudo la prudencia pues me asaltaban demasiados pensamientos y todos eran, tan de alto riesgo, que me aconsejaban la espera. Además, muchas veces, los datos a los que podía acceder me exigían prudencia, pues las redes sociales estaban, cada vez, más alteradas y polarizadas, impregnadas -en ambos extremos- por el maniqueísmo más burdo del oportunismo, el partidismo y la ignorancia.

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Esta tarde se nos fue Ramón Freire. Muchos amigos que me llamaron lo hicieron extrañados porque no conocían la gravedad de Ramón; pero es que él siempre andaba con la sonrisa puesta y, así, era muy difícil presentirle la dolencia. Al final, se ha querido marchar con un cierto recato, aprovechando todo este jaleo del puñetero coronavirus, para evitarse las colas interminables que se habrían formado en Santa Cruz. Un acto de caballerosidad para con su amada Pilar y sus hijos: un gesto inequívoco de nobleza para evitarles el amargo trago de las circunstancias. Las cosas de Ramón: todo un señor sin necesidad de empeñarse. El “Marqués de Santo Domingo” de nuestras tertulias, mi Hermano Ramón en los buenos y malos ratos; en toda esta pasión por nuestras cosas.

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El coronavirus acabó forzando el aplazamiento de las que iban a ser las primeras jornadas científicas realmente serias sobre la ciudad de Munda, la batalla que se libró ante sus murallas, sus prolegómenos y sus consecuencias. El bagaje académico de los ponentes, nos garantizaban a todos la esperanza de origen que tendrían estas Jornadas para un futuro -a corto, medio y largo plazo- en el que se podrían abordar nuevas iniciativas tendentes a identificar, sin lugar a dudas, la ubicación definitiva de la ciudad que dio nombre al enfrentamiento entre Julio César y los hijos de Pompeyo “el Grande” y que, a la postre, resultaría definitiva para dirimir la segunda guerra civil de Roma y su posterior forma de gobierno.

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Vaya por delante que, desde hace un tiempo, vengo advirtiendo que todos estos disparates que estamos viviendo, me están condenando a una radicalización que no deseo y contra la que lucho, constantemente, pretendiendo la objetividad y tirando, para ello de análisis y reflexión. Por eso, hoy debo confesar el sabor agridulce y las muchas dudas que me asaltaron cuando, hace unos días se hizo pública la retirada, en el cementerio de Madrid, de un proyecto donde se recogían unos versos de Miguel Hernández.

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Recién aterrizado en el Instituto “Francisco Rodríguez Marín” de Osuna para estudiar C.O.U., tuve la ocasión de pertenecer al equipo de redacción del periódico que entonces se publicaba en el Centro. Con tal motivo, solicité una entrevista con nuestro director, Don Francisco Olid (sin duda, para mí, uno de los ursaonenses más eminentes del siglo XX en mi Madretierra). Entrevista que no sólo me concedió, sino que -con enorme generosidad- supo revestir de una cierta solemne gravedad, supongo que para que yo, en la inocencia de mis quince años adolescentes, me pudiera sentir importante o, quizá, para enseñarme de una tacada que, en una conversación -sea quien sea tu interlocutor- siempre es preciso el respeto. La entrevista se alargó y tuvimos que reunirnos hasta tres veces (tres magníficas experiencias). Hablamos, sobre todo, de la Historia de Osuna y don Francisco, sin duda, era uno de los hombres que más sabían de este asunto. Él fue el primero que me habló de Munda y de su certeza de que aquella decisiva batalla entre César y los hijos de Pompeyo, había tenido que ocurrir cerca de Osuna.

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Cuando hace algunos años mi hermano Ceferino Aguilera me pidió un artículo para incluirlo en la gran obra que conmemoraba el L Aniversario del Centro de Formación Profesional de la Sagrada Familia, que fuera fundado por voluntad expresa de los Marqueses de Peñaflor, le remití un texto que hoy, para mí, cobra un sentido inesperado. Entre otras cosas, en aquel artículo escribí:

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Lo escribí hace algún tiempo: dos y dos son cuatro; quien cuenta cinco, no sabe contar o es que se está comiendo el palote que le sobra. Pero, digan lo que digan, en el campo nunca hubo quien no supiera contar, aunque fuera con los dedos y a la cuenta de la vieja.

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