“Tipografía”

Letras breves... La razón y los perrosDicen que, en el principio, Dios sopló sobre el hombre y le otorgó el libre pensamiento: la Razón. Yo digo que, después, llegó el diablo y, con la intención de joder la obra de Dios, dotó al hombre del estómago, para que hubiera en él algo mucho más fuerte que su capacidad de razonar: la necesidad de llenarse el buche. Por eso, aunque pensar es fácil, muchas veces resulta tan complicado para quien vive pendiente del pienso. Paulov le puso un nombre: “comportamiento condicionado”.

​Este fisiólogo ruso lo demostró con un perro y una campana: hizo coincidir el sonido de la campana con la hora de la comida y, cuando el animalito tenía más hambre que un piojo en la cabeza de un calvo, sonaba la campana y todo se le convertía en babas.

Lógicamente, cuando acabaron con el experimento, el pobre chucho andaba con los ojos como platos, pendiente de cualquier repique… Pues, si se fijan ustedes, hay a mucha gente a los que le pasa algo parecido.

​Pienso yo que cada persona es libre de pensar como quiera, pero hay cosas que no admiten discusión: dos y dos son cuatro por muchas vueltas que le demos; y si hay alguien que se empecina en que son cinco, la cosa está clara: o no sabe contar o intenta comerse el palote que le sobra.

Con la cantidad de cosas que están pasando en esta España de nuestras entretelas, hay quien parece que vive en otro país o en otro mundo o en otro tiempo; gente que ve lo que nadie ve, e incluso comulga con ruedas de molinos con la mayor euforia… y, no es por nada, pero a mí me da en las narices de que todo es cuestión del reflejo condicionado del ruso.

Cada día estoy más seguro de que estos individuos son los que aprendieron a condicionar sus comportamientos al sonido de la campana y andan, como hipnotizados -por los pasillos de los despachos y las Administraciones-, justificando lo injustificable y, sin darse cuenta de que se les nota demasiado la baba y la vocación de pesebreros.

Más, con todo, lo peor es que, cuando a este tipo de especímenes, les faltan el argumento y la razón, se sienten indefensos y acuden, ciegos por la ira –y sin importarles el daño propio o ajeno-, al ladrido estridente o a la dentellada rabiosa, sin mirar –siquiera- las cachas que muerden.

La necesidad de seguir comiendo los hace perros: perros son y como perros se comportan.

Francisco Fernández-Pro

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