“Tipografía”

Desde hace más de dos décadas, fueron muchos los amigos y conocidos que me preguntaron sobre las circunstancias que rodearon la creación del Himno de Nuestra Señora del Valle y cómo me puse de acuerdo con Pepe Peralbo para llevarlo a cabo; por eso hace un año, cuando mi buen amigo José Luis Mesa, Presidente de la Hermandad, me pidió que escribiera un artículo para su Boletín anual, opté por hacer memoria de aquellos entrañables momentos en los que surgió la idea.

Confieso que, mientras más veces lo pienso, más seguro me hallo de que el Himno fue fruto de la Providencia y de la mutua y fraterna admiración que nos profesábamos Pepe Peralbo y yo. Amistad que surgió durante las horas que compartimos en aquella “cuerda de bajos” del antiguo Orfeón Astigitano Virgen del Valle, que creara Don Antonio Pérez Daza a mediados de los años ochenta del pasado siglo.

Un día, Pepe se dirigió a mí y me lo dejó caer, como él solía hacer:

- Oye Paco, estoy pensando que podíamos hacer un himno para la Virgen del Valle y cantarlo en la Coral. Yo pongo la música y tú la letra, ¿qué te parece?

Lógicamente, me pareció una magnífica idea y le pedí que me pasara la música o, al menos, los primeros acordes que ya tuviera pensados. Él me pidió  que escribiera lo que quisiera, porque todavía no tenía pensado ningún acorde.  Francamente, me extrañó un poco su afirmación, porque Pepe era un verdadero artista y un artista no se limita a rumiar una idea sino que la proyecta en cuanto le asalta. Pero como me insistió en su negativa, decidí escribir algunas letras por si le parecían bien.

Compuse varias estrofas con una cierta diversidad de versos, aunque procuré que casi todos fueran pares que, en nuestro idioma, son más fáciles de incluir en los acordes de un himno. Así que escribí un par de “sonetos” dodecasílabos, tres o cuatro décimas, un par de cuartetos sueltos, unos versos arromanzados y varios cuartetillos. Se los llevé y se los fui leyendo acompasadamente. Él ponía un gesto complacido pero, en un momento dado, negaba con la cabeza. “No, Paco –me decía- ¿no tienes más?”. La escena se repitió durante casi una semana.

Yo no dejaba de observarlo y advertía cómo, con enorme disimulo, a medida que yo leía los versos él seguía un compás imaginario con los dedos, mientras sus labios se movían como en un susurro. En un momento dado, me planté -con la confianza del cariño que nos profesábamos- y le espeté:

- ¡A ver, Pepe!,… ¡Dame la sintonía, los compases o lo que tengas!...

- ¡Pero si todavía no tengo nada, Paco!... –me insistió, sin demasiada firmeza.

- ¡Pero Pepe, si no has dejado de marcar con los dedos y tararear, mientras yo te leía!... Dame algo para saber, más o menos lo que quieres.

Mi Amigo se vio descubierto. Sonrió con esa risa grande y franca con la que él sonreía, sobre todo cuando atravesaba por momentos un poquito embarazosos y, viéndose pillado, acabó aceptando:

- ¡Bueno, es verdad que tengo algo dándome vueltas a la cabeza!… ¡Pero apenas son unas pocas notas!

Yo respiré aliviado. Le propuse que me las grabara en una cinta de casé para llevármela y escucharla con tranquilidad. Quedamos en su casa la mañana del día siguiente y, con un pequeño órgano eléctrico, grabó unos pocos acordes que, de momento, me hicieron abrir la carpeta e ir subrayando algunos versos que me fueron pareciendo idóneos para aquella melodía. Me entregó la cinta y me puse con la tarea.

Sobre las cinco de la tarde me presenté en el piso donde vivía, sobre la oficina de la ONCE. Pepe, extrañado, me preguntó si tenía algún problema.

- Ninguno. Vengo a que veamos el himno, a ver qué te parece.

Creo que conseguí el efecto sorpresa que buscaba y que, de alguna manera, lo quería convertir en una especie de “venganza” por todos los versos que me había hecho escribir antes de reconocer que ya tenía pensados los acordes de la melodía.

En pocos minutos habíamos finalizado. Pepe, saltó satisfecho:

  • ¡Desde luego, si lo llego a saber!... ¿Cómo lo has hecho tan rápido?

Yo le respondí con un cierto retintín para que, con su admirable agudeza auditiva, pudiera captarlo con nitidez:

- Porque como me has hecho escribir tantos versos, algunos tenían que pegar a la fuerza. Pero la próxima vez, ya sabes: primero,… ¡la música!

Nunca imaginamos la aceptación que el Himno tendría entre nuestro Pueblo, pero siempre que hablábamos de él, recordábamos lo mal que me lo hizo pasar con ese secretismo suyo, que siempre atribuí a su gran humildad.

Muchos años después –cuando ya Pepe se había marchado a los brazos de Nuestra Madre-, Miguel Aguilar Jiménez me llamó. Quería realizar una versión para banda del himno. El problema era que la nueva versión era algo más extensa y lo forzaba a repetir una de las estrofas (ocho versos decasílabos). Miguel me pidió que escribiera otra estrofa nueva para ser cantada, ya que no quería repetir en su versión las del Himno original.

En la petición de mi Amigo, volví a presentir la Providencia: Miguel emprendía su empresa a raíz de la celebración del IV Centenario del Voto Inmaculista en nuestra Ciudad y cuando, a mediado de los ochenta del siglo XX, Pepe y yo habíamos compuesto el Himno, lo habíamos hecho incluso antes de la coronación canónica de Nuestra Señora del Valle; por tanto, el original carecía de estas dos referencias (su Coronación y el Inmaculismo) De esta forma, Miguel me brindaba la oportunidad de completarlo haciendo mención de estos dos hechos tan trascendentales.

Así, la versión para banda y Coro, se estrenó en la Iglesia Mayor de Santa Cruz, con la nueva estrofa, que completaba al Himno original, de la siguiente forma:

(Estribillo)

Virgen del Valle, ya coronada,
estás presente en cada lugar,
en cada calle y en las moradas,
en el calor que hay en el hogar.

Virgen del Valle, Inmaculada,
eres principio y eres final,
eres ejemplo de la Esperanza
del Paraíso que ha de llegar.

(Estribillo)

(del artículo escrito para el Boletín de la Hermandad de la Virgen del Valle, 2019)