“Tipografía”

Confieso que regreso a mis artículos con la culpa del prófugo y la complicidad de los amigos. Esta situación extrema de la pandemia, que estamos viviendo y que nos ha desbordado por lo grave y extraordinario, me acobardó ante las letras. No por falta de ideas sino porque escribo lo que pienso y, en esta ocasión, me pudo la prudencia pues me asaltaban demasiados pensamientos y todos eran, tan de alto riesgo, que me aconsejaban la espera. Además, muchas veces, los datos a los que podía acceder me exigían prudencia, pues las redes sociales estaban, cada vez, más alteradas y polarizadas, impregnadas -en ambos extremos- por el maniqueísmo más burdo del oportunismo, el partidismo y la ignorancia.

Fue por eso mi deseo de tomar un poco de distancia y mi cortedad al manifestarme abiertamente sólo en un par de ocasiones: la primera, casi al comienzo de todo este proceso, haciéndome eco de un antiquísimo cuento -que aún tengo dudas si lo leí en el “Panchatantra” hindú o en las “Mil y una noche”- y que relataba cómo la Peste se topó con el Hombre y, cuando éste le recriminó que se había llevado cinco mil habitantes de Bagdad, la Peste replicó: “ Yo sólo me llevé quinientos de esos habitantes, a los otros cuatro mil quinientos se los llevó el Miedo”;… y es que el miedo, en algunos momentos, es una tara inevitable para el Hombre: nos resta libertad de decisión, nos hace más dúctiles, nos desarma, alimenta el instinto de supervivencia y adormece esa capacidad de reflexión, que resulta tan necesaria en momentos como los que estamos sufriendo, abocándonos a errores que pueden resultarnos trágicos (mucho peor si las personas que deben decidir, además del miedo, sufren la opacidad del interés y la incapacidad del ignorante). De hecho, hace un par de días leí un pensamiento de Michael Levitt (Profesor de Biología y Premio Nobel en 2013): “Cuando analicemos todos los datos, el daño producido por los confinamientos excederá enormemente cualquier beneficio”

La segunda ocasión en la que me manifesté sobre este asunto, fue a finales de abril en un pequeño artículo –“El Confinamiento”- surgido de la complicidad de treinta y dos compañeros de la Asociación de Estudios Ursaonenses, que pactamos un texto común -un “cadáver exquisito”, a imagen y semejanza de los escritores surrealistas-, para pasar el trago y el tiempo de este obligado secuestro. De lo que escribí para aquel experimento surgió, posteriormente, el artículo al que me refiero y en el que manifestaba:

Sin duda es cierto que nuestro genoma sólo se diferencia del de un gusano en un mínimo cromosoma de ADN; pero esa microscópica partícula que nos evita reptar, es la misma que nos otorga la inmensa responsabilidad de ser los únicos seres vivos capaces de comprender la Naturaleza y destruirla. ¿No será esa partícula el gesto que Dios tuvo con el Hombre?... Sin embargo, en estos días la Naturaleza se ha rebelado y otro mínimo gesto, convertido en virus microscópico, ha venido a ponerle orden a nuestros actos. Quizá era la lección que el Hombre necesitaba: la de volver al barro y dejar -por un momento- de sentirse Dios; la de intentar la divinidad sólo a través del Verso o de la Música o del color o del desafío que el Artista mantiene con La Nada. Quizá esta era la lección que necesitábamos para recobrar el sentido y el placer que se siente al pasear por la calle y cruzarnos con cualquier vecino para intentar, en un saludo, poder devolverle una sonrisa…”

Sin embargo, hoy, el íntimo deseo de que el dolor mancomunado nos hiciera reaccionar como individuos solidarios y capaces del entendimiento, aunque sólo fuera por instinto de supervivencia, parece sólo un espejismo.  Con los días, la vorágine de comentarios y opiniones, dimes y diretes, propuestas y contrapropuestas, manifestaciones y contramanifestaciones, aplausos y caceroladas,… está creciendo de tal forma, que han acabado por apabullarme, han ensordecido mi capacidad para el análisis y, siendo consciente de lo que me pasa, no he querido ser injusto con nadie. Me daba cuenta de que mi silencio podía parecer una huida de este trozo de Vida-entre- paréntesis que hemos existido durante los últimos casi tres meses, pero consciente de la gravedad del caso y la visceralidad de algunas reacciones, sólo me apetecía aguardar un tiempo y observar lo que discurría, para poder -en beneficio de la objetividad- acabar tomando una distancia casi imposible.

Más, también, me he referido a la complicidad de mis amigos para salir de este letargo. Han sido ellos (Mila, Paco, José Antonio, Rafael,…) los que me han requerido, los que me preguntaron por mi extraño silencio, hasta el punto de que mi deseable prudencia comenzó a sonarme a excusa. ¿Tenemos derecho a guardar silencio ante el dolor y la muerte de tanta gente, cuando somos testigos conscientes de la incapacidad con la que se está gestionando esta situación? ¿Qué nos exculpa a los que siempre defendimos lo que creíamos importante? ¿Qué nos ampara a los que, en su día, nos comprometimos con la Verdad, la Razón y la Justicia, por muy duras que fueran sus consecuencias?...

 Sé, pues, que -aunque sean mías y sólo me sirvan a mí- estoy obligado a la reflexión y a las letras que deben mantenerme en ese compromiso personal y por eso vuelvo a esta palestra, aunque -visto lo visto- cada día se me antoje más palenque.