“Tipografía”

Lo escribí hace algún tiempo: dos y dos son cuatro; quien cuenta cinco, no sabe contar o es que se está comiendo el palote que le sobra. Pero, digan lo que digan, en el campo nunca hubo quien no supiera contar, aunque fuera con los dedos y a la cuenta de la vieja.

No es la gente del campo, esa gente cateta de la que antes se hablaba. Eso pasó a la historia. Ahora se sabe que gente bruta hay en todos sitios y gente sin letras hasta en el Gobierno de España. Ahora se sabe, también, que en la gente del campo hay una sabiduría innata, quizá debido a que es la que más y mejor se las ha tenido que apañar siempre para sobrevivir, “pa salir pálante” (como decimos en mi tierra).

Por eso, porque luchan por lo suyo: son los primeros que se levantan, los que más horas echan para obtener sus frutos y los que más veces ponen la mirada en el cielo tratando de adivinar cuándo o por donde les va a venir la lluvia bendita o el jodido pedrisco que les desbarate todo lo hecho.

La gente del campo es la que tiene que saber de granos, de temporadas, de mercado, de meteorología, de animales, de plagas, de máquinas, de fontanería, de abonos, de fitosanitarios, de veterinaria, de… y, encima, ser paciente, muy paciente. Porque la gente del campo siempre tiene que esperar que la cosecha cuaje, que las plantas y los animales crezcan para que produzcan, que los precios se mantengan o suban un poquito, que el combustible baje todo lo posible, que llueva un poco más y, si es posible, en su tiempo,… y, después, con todo lo dicho, la gente del campo tiene que cuadrar las cuentas.

La necesidad de sobrevivir les obliga a pensar; y la Justicia y la Razón, los ampara a la hora de pedir lo justo. Por eso será que conozco pocos campesinos que no tengan la cabeza perfectamente amueblada. Es más: no es el latifundista sino el pequeño y mediano agricultor y ganadero, quien tiene mayor necesidad de pensar en la supervivencia.

Es un bulo, una falacia y, sobre todo, una injusticia, tachar de ultraderechistas a los campesinos que se manifiestan en España en estos días. Siempre lo hicieron y nunca fueron fascistas. Ahora sí. Los que nos gobiernan y sus acólitos, quieren que creamos que -desde que ellos asumieron el poder- todo el que no está con ellos es un fascista. Para la propaganda oficial, también esta gente que se echa a la calle o a una carretera, con una pancarta, con un tractor o con un rebaño de cabras, es un fascista títere de la ultraderecha. Será que piensan que los “catetos” no saben lo que quieren o lo que necesitan; que no saben contar ni con los dedos.

Cada día es más triste nuestra Historia: los que siempre nos han servido a todos -tanto y tan bien- con el fruto de su trabajo, cada vez son más olvidados, peor tratados a la hora de los desgobiernos y ya ni siquiera se les reconoce el derecho al pataleo. Eso, desde luego, si eres del sur de Cataluña, porque si eres catalán y extremista, la cosa cambia, entonces no: ya puedes ocupar calles, carreteras, cortar trenes o quemar goma en las autopistas, que no dejarás de ser un “agente social reivindicativo”. El fenómeno del fascismo sólo se da de Cataluña para abajo. Todos los que están contra el Gobierno Sánchez -ya sea por criticar su política agraria, educativa, social, sus planes de empleo, su sectarismo o sus ocurrencias-, es declarado fascista por el Régimen. Es lo que hay.