Cuando supe por primera vez del término “Nueva Normalidad”, confieso que sentí como un repelú en el tuétano que me recorrió toda la espina dorsal hasta detenerse justo a las puertas de la conciencia de mis cosas: las que conozco, las que comprendo, las que razono, las que puedo distinguir con cierta nitidez y, también, aquellas que me proporcionan el beneficio de alguna duda razonable para poder cuestionarlas o el regalo de una pista fiable para tener por donde agarrarme en mis elucubraciones. ¿Nueva Normalidad? ¿Para qué? Si estábamos bien con la que conocíamos ya, ¿por qué no hacer todo lo posible por recuperar la antigua?

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Esta semana falleció uno de los grandes conocedores y divulgadores de una parte de nuestra Historia: Joseph Pérez, hispanista francés de origen español, entre otros muchos Premio Príncipe de Asturias y, además, especialista en los comuneros de Castilla y la España del Descubrimiento. Por supuesto, en los medios de “comunicación”, ni media.

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Ayer, hablando con mi Hermano, el poeta rondeño Antonio Bocanegra, sobre este síntoma de la desgana con el que nos ha castigado la puñetera pandemia a muchos de los que escribimos, cuando -precisamente- tantas cosas se nos ocurren, me dio por preguntarme por las razones de esta pereza. Entonces, pensé en el inmenso dolor que acompaña a la epidemia. Un dolor, no sólo por el contagio y la muerte que provoca, sino por las terribles consecuencias de su paso y el temor que nos deja a lo por venir.

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Desde hace más de dos décadas, fueron muchos los amigos y conocidos que me preguntaron sobre las circunstancias que rodearon la creación del Himno de Nuestra Señora del Valle y cómo me puse de acuerdo con Pepe Peralbo para llevarlo a cabo; por eso hace un año, cuando mi buen amigo José Luis Mesa, Presidente de la Hermandad, me pidió que escribiera un artículo para su Boletín anual, opté por hacer memoria de aquellos entrañables momentos en los que surgió la idea.

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Cuando, últimamente, intercambio opiniones con ciertas personas, me resulta curioso el concepto que algunos tienen sobre la Monarquía Parlamentaria y la Constitución.

Personalmente, cuando pienso en el Espíritu de nuestra Carta Magna, suelo adoptar como referencia la Constitución de los Estados Unidos de América que, aprobada por la Convención Constitucional de Filadelfia en 1787, es la más antigua de las vigentes en el Mundo (ahora cumplirá 133 años).

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Somos justos, pero somos tontos; y no es que estemos los tontos justos, que de gilones tenemos a manojitos.

Muchas veces me han fastidiado las decisiones del Tribunal Constitucional, pero sus fallos se basaban en la Constitución y salvaguardaban nuestra convivencia; y, por eso, las he aceptado de buen grado.

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