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Esta tarde he visto a una señora con una bandera de España que, en plenas calles barcelonesas, defendía sus derechos frente a los independentistas catalanes. De pronto, un energúmeno, un niñato mal nacido, no sólo arrancó aquella bandera de las manos de la mujer que podría haber sido su abuela sino que, con ira incontenible, la golpeó con su puño cerrado, dejándola caer sobre el asfalto. La policía no hizo nada contra el monstruo y yo salté de indignación: me acordé de mi madre… ¿Dónde estaba la autoridad, dónde están ahora tantas asociaciones que condenan el maltrato a las mujeres, a los seres más indefensos (incluso las que tanto vociferan contra la violencia ejercida sobre cualquier animal indefenso)?

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Por desgracia, cada vez es mayor el número de españoles que desconocen nuestra historia o se dejan arrastrar por los ignorantes y las redes de comunicación, para agravar los bulos, enaltecer la estupidez y alimentar nuestro tradicional cainismo.

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Los españoles somos tan españoles, que no hay pecado capital de los que tenemos que no cometamos. Los gobernantes más todavía, por que son más “listos”.

Ya saben ustedes lo de los pecados capitales del español: la envidia, el egoísmo y la soberbia –que ganan por veinte cabezas- y, después, la avaricia, la ignorancia,…  Más hay uno muy característico que, aunque pueda considerarse virtud, en el español suele derivar en falta: me refiero a la constancia que –de pura cabezonería-, el español a veces los convierte en embestida… y, si no, que se lo digan a los huesos de Franco.

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En el último de mis artículos reflexionaba sobre el desencanto de mi progresismo o la obviedad de su mutilación. Decía que he llegado a la conclusión de que, cuando hablamos de progresismo, lo hacemos de una tendencia política y no de una ideología definida, pero que esa tendencia, que siempre nos pidió que avanzáramos en el Bienestar, últimamente nos está exigiendo de tal forma que lo hagamos todos a la vez -prietas las filas, recias y marciales-, que se está desvirtuando el asunto y el que no entra por el aro, se convierte -por mor de no sé qué puñetera ocurrencia ni de quién- en un apestado, un fascista o un enemigo. Por eso, decía también, que ese Progresismo tan uniforme, acaba uniformándonos y eso no me gusta ni un pelín. En verdad, creo que España el Progresismo ha finiquitado, para dar paso a la Progresía Antiliberal.

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