Ayer, hablando con mi Hermano, el poeta rondeño Antonio Bocanegra, sobre este síntoma de la desgana con el que nos ha castigado la puñetera pandemia a muchos de los que escribimos, cuando -precisamente- tantas cosas se nos ocurren, me dio por preguntarme por las razones de esta pereza. Entonces, pensé en el inmenso dolor que acompaña a la epidemia. Un dolor, no sólo por el contagio y la muerte que provoca, sino por las terribles consecuencias de su paso y el temor que nos deja a lo por venir.

Desde hace más de dos décadas, fueron muchos los amigos y conocidos que me preguntaron sobre las circunstancias que rodearon la creación del Himno de Nuestra Señora del Valle y cómo me puse de acuerdo con Pepe Peralbo para llevarlo a cabo; por eso hace un año, cuando mi buen amigo José Luis Mesa, Presidente de la Hermandad, me pidió que escribiera un artículo para su Boletín anual, opté por hacer memoria de aquellos entrañables momentos en los que surgió la idea.

Cuando, últimamente, intercambio opiniones con ciertas personas, me resulta curioso el concepto que algunos tienen sobre la Monarquía Parlamentaria y la Constitución.

Personalmente, cuando pienso en el Espíritu de nuestra Carta Magna, suelo adoptar como referencia la Constitución de los Estados Unidos de América que, aprobada por la Convención Constitucional de Filadelfia en 1787, es la más antigua de las vigentes en el Mundo (ahora cumplirá 133 años).

Somos justos, pero somos tontos; y no es que estemos los tontos justos, que de gilones tenemos a manojitos.

Muchas veces me han fastidiado las decisiones del Tribunal Constitucional, pero sus fallos se basaban en la Constitución y salvaguardaban nuestra convivencia; y, por eso, las he aceptado de buen grado.

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