Durante años hemos presenciado la farsa, la pantomima, el triste espectáculo de lo que ha dado en llamarse “El juicio de los ERE”; y, personalmente, lo he seguido con atención, aunque sabía que sólo era eso: un triste espectáculo. Estuve demasiado tiempo en la Política para no saberlo.

Cada vez me parece más patética la involución que el admirable movimiento Feminista –¡tan necesario y oportuno en su época!-, ha sufrido en manos de estas feminazis excluyentes y ambiciosas a las que, únicamente mueve -aunque tanto intentan disimularlo- sus complejos adquiridos, sus agravios contra el varón, los intereses que su victimismo les renta y ciertas ambiciones personales que, de otra forma, nunca verían satisfechas.

Me han vuelto a preguntar por mi Silencio y no dejo de repetir lo mismo: siempre he procurado conducirme por la Lógica y la Justicia, más las continuas ocurrencias de la gente que nos gobierna, han acabado agotando mis neuronas hasta el punto de convencerme que, para explicar tanto desaguisado, más que una docena de artículos, se necesitarían varios centenares de tesis doctorales (pero de las buenas y sesudas, no de esas otras de chichimoscas que alguno se compra, por manojito de a cuatro perras, en las alcantarillas de los suburbios universitarios)

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