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In memoriam

A David Robert Jones, aka David Bowie

Fue el 6 de julio de 1987. Su primera actuación en España. Era lunes, como el día en que se ha ido. Se cabreó porque él, amante de la pintura y pintor ocasional, no pudo visitar el Prado, como era su intención, que entonces cerraba ese día. Una emisora de radio de Sevilla -Domingo Baluffo me apunta que Radio Triana- organizó un viaje express, ida y vuelta en el mismo día, para asistir al concierto. 5.000 ptas., mil duros de los de entonces, viaje y entrada. Ésta costaba 3.000 ptas., unos 18 € de hoy. No sé por dónde me enteré de aquello, creo que un compañero de la Facultad me avisó. El caso es que unos cuantos ecijanos nos apuntamos a la excursión.

El autobús salió de Sevilla por la mañana temprano y paró en Pirula para el desayuno. Allí nos recogió a nosotros. No tenía que abandonar la autovía para entrar en Écija sencillamente porque entonces no había autovía. Debían ser las 9:30 o las 10 y a esa hora ya hacía bastante calor. De ahí hasta Madrid por la N-IV, entonces como digo una carretera convencional, con carriles para vehículos lentos en las cuestas y poco más, aún sin desdoblar. El paso por Despeñaperros se hacía eterno. Yo iba sentado con uno de mis amigos, delante de nosotros, una pareja encantadora llevaba una neverita repleta de botellines. Para cuando llegamos al famoso puerto entre Andalucía y Castilla-La Mancha ya no quedaba ni uno solo. Y eso que a mi amigo no le gustaba especialmente la cerveza, pero era el mejor remedio con el que combatir el calor de un mes de julio, dentro de un autobús de los de hace treinta años, mientras cruzábamos medio país.

Llegamos a Madrid, al Calderón, casi a media tarde. El calor se había vuelto bochornoso, sofocante, porque el cielo se había ido encapotando. El ambiente, dentro y fuera del estadio, os lo podéis imaginar. Gente de todas las edades, de todas las pintas. La Movida aún daba algún coletazo, y prácticamente no había tribu urbana que no estuviera allí representada. Muy cerca nuestra se encontraba por ejemplo Germán Coppini, el líder de los legendarios Golpes Bajos, que también nos dejó prematuramente. Cuando accedimos al campo ya estaban en el escenario los primeros teloneros. Los Aviador Dro de Servando Carballar, muy apropiados para prologar a un tipo como Bowie. Después tocaron los Stranglers, que el año siguiente pegaron un pelotazo en todo el mundo con su magnífica versión del clásico All day and all of the night de los KInks. Estuvieron geniales.

Antes de que saliera Bowie, que se hizo de rogar una hora, cuando ya empezaba a oscurecer, nos cayó encima un chaparrón de narices, que la verdad, fue para nosotros una ducha de alivio ante tanto calor acumulado durante todo un día. Algunos quisieron trazar un paralelismo entre aquel aguacero y la monumental tormenta que justo cinco años antes y en el mismo sitio adornó el inicio del primer show de los Rolling Stones en la capital. Cuentan los que vivieron uno y otro episodio que el de los Stones fue todavía más brutal, con un despliegue completo de rayos, truenos y relámpagos, como corresponde a la fanfarria stoniana.

Ya completamente de noche, el Duque descendió al escenario. Descendió, sí, porque sobre éste se levantaba una enorme estructura simulando una araña de cristal, de cuyo centro Bowie bajó sentado en una especie de canasta colgada de un cable y hablando por teléfono. Si alguien esperaba que saliera y empezara a cantar como cualquier mortal, es que no conocía a David Bowie. No recuerdo cuál fue el primer tema que sonó, pero daba igual. La emoción era indescriptible, teníamos ahí, en frente nuestra, a unos cuantos metros, a uno de los tipos que más admirábamos, cuya música más nos había fascinado desde que teníamos uso de razón (si es que lo teníamos). Era David Bowie, vestido de rojo, elegantísimo, con su flequillo rubio al viento, y nosotros estábamos allí.

La gira promocionaba su último álbum, editado unas semanas antes, Never let me down. The Glass Spider Tour tomaba el nombre de una de las canciones del disco. De ahí lo de la parafernalia de la estructura arácnida sobre el escenario. Tengo que decir, por poner alguna pega, que nos hubiera gustado escuchar más temas de entre sus clásicos y menos de los de aquel disco, que ciertamente se vendió muy bien, pero que es una obra menor en su carrera. También estuvo algo limitado en la voz por culpa de una reciente faringitis, creo recordar. Pero todo lo demás fue fantástico. La banda por descontado era excelente, porque Bowie, aparte de ser un creador único, innovador, vanguardista, influyente y todo lo que ya se ha repetido, era un músico excepcional, no se olvide. La lideraba Carlos Alomar, que venía trabajando regularmente con él desde los tiempos de Young Americans, y como estrella invitada contaba con el gran Peter Frampton, uno de los guitarristas más reputados del momento. El espectáculo en conjunto, estuvo a la altura de lo que se esperaba.

Al final del show pudimos disfrutar de algunas de sus canciones de siempre, temas de Hunky Dory, alguna obra maestra, como Time, que aparecía en Aladdin Sane (ahora no estoy seguro de si la cantó o si me traicionan desde el subconsciente las ganas que yo tenía de escucharla), y Heroes, cuyo estribillo fue coreado por toda la audiencia. Una noche, un día entero, inolvidables.

La noticia de su muerte me ha sorprendido, me ha impactado, en cierto modo me ha conmocionado. El viernes, las rr.ss. se inundaban de mensajes de felicitación por sus 69 años y por el nuevo disco, Blackstar, convertido ya en su testamento artístico. Ayer nos levantamos con esta inesperada y sobre todo pésima y tristísima noticia. Puto cáncer.

Como dice Manuel Rodríguez Pérez, nos vamos quedando sin asideros. No volverá a haber alguien tan elegante, tan rompedor, que encarne tan bien el espíritu libre, ácrata y crítico del arte pop. Un rebelde tan rebelde con tan exquisita educación. Quizá por todo eso, a diferencia de ese estribillo, él no será héroe sólo por un día. Lo será eternamente.

Que la tierra te sea leve Mr. Bowie. Las estrellas lucen muy diferentes hoy.

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Joyeria Ramos