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A la memoria de Pepe Risi

Sé que muchos me hacíais el pasado 25 de junio en el Santiago Bernabéu, entre las más de 50.000 almas que asistieron al único concierto en España de la gira mundial de los Rolling Stones. Como he comentado con algunos amigos, estuve tan cerca de ello como los equipos nacionales de fútbol y baloncesto de ganar sus respectivos mundiales. No me pude hacer con una entrada en los primeros días, y más tarde, pues tampoco. Me quedé con las ganas, claro. Máxime después de conocer las críticas, por lo general bastante positivas.

Les he visto tres veces, y eso endulza el disgustillo (todo fuera como esto) de que, por el momento, no haya habido una cuarta. Víctor Garrido me invita a que escriba una columna en su diario, y además me propone que lo haga de lo que me dé la gana… salvo de política. Yo acepto encantado de que la condición sea justo ésa. Así que me estrenaré compartiendo en otras tantas entregas algunas de las peripecias de mis tres encuentros con los Stones.

El primero fue un ya lejano 16 de junio de 1990. Era la segunda ocasión en la que la banda británica recalaba en la capital, tras sus dos memorables conciertos de julio de 1982 en el Vicente Calderón, coincidiendo con el Mundial del Naranjito y el auge de La Movida madrileña. Ocho años después, con Bill Wyman aún al bajo y otro Mundial de por medio (Italia 90’), la Urban Jungle Tour, versión europea de la Steel Wheels Tour norteamericana que siguió a la edición del LP homónimo, hizo escala de nuevo en el estadio colchonero para ofrecer un show fiel al patrón stoniano, es decir: tanta fanfarria, luminotecnia y circo como música; a veces incluso más. Fogonazos para saludarnos con el inconfundible riff de Start me up, juegos de luces semejando efectos ‘espaciales’ en el psicodélico 2000 Years Ligth From Home; Mick Jagger encaramado a una plataforma que colgaba del andamiaje futurista del escenario para atacar Sympathy for the Devil, o dos gigantescas muñecas de plástico ataviadas de futbolista inflándose al ritmo de los guitarrazos de la telecaster de Keith Richards como estrellas invitadas en Honky Tonk Women. Son sólo algunas muestras de la teatralidad del montaje.

Lo mejor, sin embargo, suele ser siempre lo más emotivo. El homenaje a las raíces sonoras de los Stones que amenizó la previa del recital, por ejemplo, o la retrospectiva en imágenes a los héroes del rocanrol, incluidos los supuestos antagonistas Beatles, con los acordes, cómo no, de It’s only rock’n’roll (but I like it). De hecho, aunque la apoteosis final la pusieron (I can’t get no) Satisfaction y Jumpin’ Jack Flash, para entonces ya habíamos alcanzado el clímax con la sencillez de la hermosa Ruby Tuesday, la energía de Paint it Black, la fiesta coral de You can’t always get what you want, o con la ‘opera blues’ de los Stones, que es como Keith Richards define la inclasificable Midnight Rambler. Él y Jagger en estado puro.

Una noche en todo caso vibrante, tras siete años sin salir a la carretera e incesantes rumores de disolución a raíz del aireado desencuentro que Los Gemelos Luminosos (*) protagonizaron a mediados de los 80, algo que Richards califica presuntuosamente en sus memorias (Live, 2010) como La III Guerra Mundial. El broche a tantas sensaciones lo puso una morrocotuda traca de fuegos artificiales bajo el majestuoso manto sonoro de Carmen de Bizet.

Una última nota, que explica la dedicatoria. Aquel soleado sábado madrileño, el efímero diario El Sol editó un suplemento en el que entre otras curiosidades, Pepe Risi, líder de los míticos Burning y stoniano confeso, escribía un artículo muy personal. Lo leí tantas veces que casi acabé aprendiéndomelo: al final decía algo así como que el día que los Stones nos dejasen, se llevarían con ellos algo de nosotros. Risi, que vivió según la más pura ortodoxia rockera –y aun así, a 2.000 años luz de los excesos de Keith Richards–, se fue hace ya diecisiete años. Estas líneas son un humilde tributo a su memoria, en honor al maravilloso rocanrol que nos dejó.

Fernando Martínez

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(*) Los Gemelos Luminosos, The Glimmer Twins, es el pseudónimo usado por Mick Jagger y Keith Richards como productores de muchos de sus discos.