“Tipografía”

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Rafael Rodríguez: La estación de tren de mi ciudadLa que tiene echadas cuentas de los billetes de ida que se vendieron en su ventanilla, y que actualmente alberga otros inquilinos, desvencijada, aún se mantiene en pié como exigiendo al tiempo, el saldo deudor en números de todos aquellos que no sacaron billete de vuelta. ¡Menudo saldo negativo! ¿Cuántos se fueron y no volvieron? Cientos verdad.

Que yo recuerde esta tragedia para nuestro pueblo, empezó cuando yo tenía muy corta edad. Su destino las grandes ciudades, como Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao, etc, entre ellos mi familia. 
Primero se iba el cabeza de familia en solitario a modo de avanzadilla, para a las pocas semanas, la esposa, y los hijos. ¿Cuantos amores quedaron huérfanos en nuestro pueblo? ¡Cuanto sufrimiento! Estos emigrantes, fueron los que diezmaron el padrón.

Su marcha de la ciudad eran llantos y abrazos que empezaban cuando la campana de la estación anunciaba la inminente llegada de la máquina resoplando y echando chorros de vapor por sus entrañas. Luego el flamear de pañuelos diciendo adiós. Diciendo adiós a su tierra. Diciendo adiós a su gente... Al final el consabido ¡Que escribas cuando llegues!.

Estos fueron los pioneros, demandados por la falta de mano de obra de ciudades como las que he descrito, y que los ”almacenes” andaluces nutrían.
 Más tarde se irían otros, aquellos que en oleadas marchaban a Europa. Estos últimos salvo excepciones si volvieron casi todos. Lo que se quedó para no volver fueron las divisas ganadas con su sudor, y que gracias a su sacrificio nuestro pueblo, como otros muchos experimentaron un mayor nivel económico.

Pues sí. Ahí está aún ese edificio de la estación, reposa del ajetreo de aquellos tiempos, aunque echará de menos, a tanta gente que pululaba por su entorno, cuando la estación estaba viva. Ahora, parece esperar agónicamente a dar la bienvenida a los que se fueron y no volverán, seria el momento de restaurarla, en homenaje a todos los que marcharon, ya que fue el último suelo que pisaron, y el último techo que los cobijó antes de abandonar el pueblo.

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