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Es triste un artículo como este, pero es triste la reflexión que me induce a escribirlo.

Según los medios de comunicación de nuestro mundo “civilizado” esta semana pasada, la Sociedad Internacional (en la que deberíamos caber todos) sufrió un gravísimo ataque en Manchester, en el que murieron 22 personas y resultaron heridas otras 59. Fue la acción de un loco que provocó un aluvión de condenas, de muestras de dolor, de homenajes póstumos, de minutos de silencio,… y, todo ello, aireado –una y otra vez, con todo detalle y todos los días- por todos los medios de comunicación.

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Al hilo de esa “memoria cainita”, a la que nos referíamos en el artículo anterior, durante esta semana pasada he tenido conocimiento de dos noticias, que me han puesto los vellos de punta y, de paso, nos viene que ni pintadas para ilustrar el último párrafo de aquel artículo que, como conclusión, venía a decir: “… (… para considerarla “memoria”, deberíamos partir de la objetividad que nos concede el paso del tiempo y las informaciones veraces que nos proporcionan las investigaciones rigurosas de los asuntos)

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         Hoy se decide el futuro de nuestro país vecino y, con él, mucho sobre el futuro de Europa y, por tanto, sobre nuestro propio futuro.

         Es lo malo que tiene la globalización. Compartir es bueno, pero también tiene sus riesgos: tanta dependencia y cercanía, pega piojos.

         Para cualquier ser humanos civilizado, reventarse por Alá o por Alé, es una gilipollez morrocotuda, pero el fanatismo tiene un poder inmenso, porque no tiene miedo; por eso nos espanta que alguien –que haya perdido la chaveta en cualquier mezquita clandestina- se nos acerque sin darnos cuenta y le de por el pepinazo. Tanto nos asusta que, inconscientemente, se nos ponen los vellos como escarpia cuando se nos acerca alguien con pinta de “morito”. Esto es lo peor y más inmediato del pánico: los prejuicios que nos ocasionan y las injusticias que cometemos en su nombre.

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