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En mi artículo de la semana pasada, afirmaba que “la de Podemos es gente extrema y los extremistas, digan lo que digan, nunca aceptan las disidencias. Son dogmáticos por naturaleza y esto les impide aceptar cualquier razón ajena a la propia…” y, más adelante, añadía: “Podemos es un partido demasiado heterogéneo, un revoltijo de ideas extremistas donde cabe todo -si huele a antisistema- y, por eso, ni tiene asentada su ideología y mucho menos el pragmatismo necesario… por eso, está condenado a la intolerancia…”

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Desde hace unos meses se puso de moda eso de la cobra. Confieso que yo no tenía ni idea de lo que era hasta que, en una repetición que ofreció televisión, Chenoa le acercó la boca a Bisbal y éste dio un brinco para atrás como si hubiera visto una plancha de alisar el pelo, dejándola a la pobre con la miel en los labios. Hoy pienso en aquello porque me parece que la cosa pinta cobra.

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Ya llegado el Carnaval,
todo el mundo se disfraza,
cada cual según su guasa
o los humos que se da.
 
No siendo cosa de agravio,
ni ofender, ni avasallar,      
me gusta saborear
la salpimienta en los labios
y, sin gastar mucha cera,
iluminar sin quemar…
Por eso en este rato
propondré, a mi manera,
el tipo de algún disfraz…

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Estos días se ha puesto de moda el estruendo más calamitoso y estridente. Es como si a los tontos más relevantes, les hubiera dado por adoptar el complejo de ese elefante que se mete a todo trapo por donde no debe meterse.

            La cosa empezó en Estados Unidos; pero allí se puede entender porque, a fin de cuentas, el nuevo presidente se apellida Trump y, además, es republicano. Siendo, pues, el elefante el símbolo republicano y con ese apellido, la cosa estaba como predestinada. Puede resultar hasta lógico que el hombre llegara a “trumpazos”, como elefante en cacharrería.

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Joyeria Ramos