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Si los escaparatistas de la independencia catalana, siguen demostrando su maestría en la manipulación y el oportunismo, deberíamos esperar que hayan previsto su declaración unilateral para el Día de la Hispanidad, que anda ya a un tiro de piedra. España rota el día de la Hispanidad, con lo que esto tendría de gesto en la prensa internacional y, sobre todo, en la de los países sudamericanos (y no digamos ya en Venezuela, con lo que el Régimen de Maduro le gusta a los que aquí tanto apuestan por el diálogo). Esta fecha, pues, puede ser clave para sus intereses y, por tanto, tardía para la reacción del Estado.

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Independientemente de lo que ya ocurra, este primer día de octubre –junto a aquel 23 F de Tejero- pasará a la historia de la Democracia Española, como el más fatídico para la convivencia. Por tanto, resultaba completamente inevitable que, hoy, estas Letras Breves fueran escritas a modo de reflexión sobre lo que está pasando. Pero ya se ha escrito mucho y se han lanzado demasiadas conjeturas, así que permítanme limitarme a realizar en voz alta algunas preguntas que me hago estos días y para las que no encuentro respuestas adecuadas:

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La enfermedad del odio es demasiado abyecta. Es como una hidra de muchas cabezas, colmillos afilados y ojos enrojecidos por la ira, más sin cerebro alguno; y las hidras paren monstruos de idéntica catadura.

Si el absurdo ya venía exhibiéndose en el escaparate de las esteladas, el odio descontrolado ha dado sus últimos pasos y han desembocado en la abominación de esta inocencia masacrada de los niños.

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(… recordando a “Chico”, mi compañero de andaduras)

Siempre se dijo que no hay mal que por bien no venga. Hoy el calor me tiró de la cama antes de que dieran las siete, pero eso me ha permitido presenciar de largo el milagro -¡diario y tan inadvertido!- de la Naturaleza desesperezándose (aunque, la verdad sólo es una impresión antropocéntrica porque, pensándolo bien, la Naturaleza nunca duerme). Sólo mi perro me acompañó estos minutos. Es un yorksite que nunca quise y que se me ha hecho inseparable: pequeño, alegre, inquieto y peludo, al que le pusimos “Chico” por no llamarlo cualquier rareza estrafalaria, o “Pepe” o “Juanito” u otra ocurrencia advenediza de mitómano cánfilo. Pero, con el tiempo, el perrillo ha tenido más paciencia que yo -o más conciencia de sus necesidades- y con sus incontables muestras de fidelidad, me ha sabido corregir ciertas manías de antaño cuando, influido por tantos estereotipos y prejuicios absurdos, a este tipo de criaturas en miniatura, más que perros los llamaba “mariconadas” (y que me perdonen los maricones)

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