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2016 es probablemente uno de los años en los que los españoles más nos hemos parado a reflexionar y a pensar en nuestro país, en lo que queremos para él. Se trata de un sano ejercicio, pues un pueblo que piensa será siempre un pueblo libre. Es verdad que la falta aparente de Gobierno durante meses (en realidad sigue tomando decisiones importantes) y la repetición de elecciones generales en junio, ha provocado un sentimiento de hartazgo y de pasividad en mucha gente, pero eso sin duda lo único que podría hacer es empeorar las cosas. Hoy más que nunca, nuestro país necesita un pueblo activo y combativo.

En mi opinión no hubo necesidad de ir a unas segundas elecciones en junio, pues los resultados que arrojaron las del 20 de diciembre permitía la conformación de un Gobierno estable, aunque tuviera que negociar con los grupos del Parlamento para sacar adelante las medidas más importantes -otro sano ejercicio-. El debate en los últimos días y semanas acerca de la conformación de un Gobierno presidido por el socialista Pedro Sánchez muestra hasta qué punto los resultados de diciembre permitían, con mucha mayor facilidad que ahora, la formación de tal Gobierno. Es verdad que a toro pasado se ven las cosas mucho mejor, pero creo que quedó claro que la no formación de dicho Gobierno entonces se debió a una mezcla de ambición desmedida por parte de algunos y conservadurismo y falta de valentía política por parte de otros.

En aquellos meses, tras las primeras elecciones, pasó también a la historia el desplante que el entonces candidato más votado, Mariano Rajoy, le hizo a un ciudadano al que en su partido siempre han tenido un grandísima estima, como es el que ocupa en cada momento el puesto de Rey. Rajoy le dijo a Felipe de Borbón que se negaba a intentar formar un Gobierno. Pues bien, tras las elecciones de junio, que arrojaron unos resultados similares a las anteriores, se le volvió a presentar al gallego la misma situación y, aunque al principio amagó con repetir semejante desplante, al final aceptó el encargo de intentarlo. Mucho no se esmeró, a pesar de unos números parlamentarios muy favorables, y además tardó -acuérdense de esa semana “de reflexión” que se autoconcedió en agosto-. Pero finalmente, y parece que fue hace ya mucho, hace un mes Rajoy acudía al Parlamento a pedir apoyos para gobernar.

Rechazada la investidura del conservador, probablemente por su poca voluntad negociadora (como ya hemos apuntado), y por la firmeza que entonces mostró el partido al que el PP exigió que les regalara el Gobierno, el PSOE, se abría un periodo nuevo. Un periodo amplio, de dos meses, cuyo día límite es el 1 de noviembre, para que se formara otra mayoría parlamentaria que permitiera la constitución de un Gobierno. 

En la conformación de tal mayoría, el PSOE se convertía en actor protagonista, pues con sus cinco millones y medio de votos y sus 85 diputados, tenía la fuerza necesaria para liderar esa nueva mayoría. Evidentemente esa fuerza ya no la tiene en estos días, y no por sus votantes, ni por sus militantes, sino por una abierta y descarnada pugna interna en la que no solo se resuelven viejas querellas personales y de poder; es una pugna en la que una minoría de dirigentes, acostumbrados a controlar el partido desde hace años, y con amplias conexiones con el mundo empresarial, están intentando imponer una decisión que hasta ahora no se atrevían a proponer -y en parte siguen escondiendo-, como es el ceder el Gobierno al PP, a esa derecha a la que siempre han dicho combatir. Deben pensar bien los Felipe González y las Susana Díaz cuánto tiempo tardarían en recomponer algo que quedaría claramente en entredicho, aparte de la unidad de un partido centenario: la Coherencia. Y es que tradicionalmente el votante de izquierdas ha dado gran importancia a este valor.

Estamos por tanto en una difícil encrucijada. Tras cuatro años de Gobierno del PP, en los que se han visto sobre todo recortes en servicios públicos, recortes en derechos laborales y libertades, y mucha, demasiada corrupción, las elecciones de diciembre, y en menor medida, aunque también, las elecciones de junio, abrían un nuevo escenario político que, a día de hoy, queda imposibilitado. El pueblo español se encamina a un nuevo Gobierno del PP en minoría, o a unas terceras elecciones en las que la izquierda acude debilitada. Ocurra lo que ocurra, la única manera de evitar el continuar con las políticas de estos cinco años, y de construir una alternativa progresista, será la reactivación de la movilización social para combatirlas, la participación en todas las decisiones que toman nuestros representantes y, cómo no, la participación en las elecciones que se vayan dando.

Finalizo aquí, en mi Écija, esta breve reflexión sobre una realidad nacional tremendamente compleja. Se agradece para ello la tranquilidad que siempre respira nuestra ciudad, en este verano prolongado de temperaturas agradables, aunque no por ello demasiado prolongado ya. También ayuda a reflexiones fecundas la vitalidad que nos aporta a los ecijano/as nuestra querida Feria, la cual ha sido para mí, un año más, muy especial.

Salvador, 30/9/16

 

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