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Ha llovido mucho desde que la película de James Cameron arrasara en cines, y trajera la consabida moda del cine en 3D. La película de 2009 prepara en la actualidad varias secuelas (que, por cierto, nadie ha pedido) y narra la historia, mil veces contada del choque entre dos mundos: el de los humanos, que buscan nuevas fuentes de energía en planetas por colonizar, y los Na’vi, unos seres de piel azul que viven en consonancia con la naturaleza.

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Ya se ha hablado largo y tendido de las influencias de otras cintas como Pocahontas en el guion de Avatar, pero hoy pretendo que pongamos el foco en, precisamente, ese choque entre culturas, más allá de la historia de amor entre el soldado Jake Sully y Neytiri Omaticaya, la hija del jefe de la tribu. Una confrontación entre dos colectivos que me hace recordar dos posturas que, visto lo visto, están destinadas a no ponerse de acuerdo. Y sí, voy a atreverme a hablar de feminismo y machismo, aun a riesgo de ser vilipendiado en redes sociales. Pero creo en el respeto a la opinión de todos y cada uno, ya que ahí está la riqueza del ser humano.

Los paralelismos que busco están claros: los humanos son la fuerza bruta, los subyugadores, los que oprimen a los pueblos que han tenido menos oportunidades en la historia. Los Na’vi los que, sin tener la culpa de nada, ven cómo sus libertades están siendo coartadas sin razón, por el mero hecho de haber nacido con una naturaleza distinta. Y son éstos últimos los que tienen que sufrir siempre las consecuencias de las decisiones de otros.

Sully es uno de estos humanos, uno que tiene, además, una larga tradición militar a sus espaldas y que ve en esta oportunidad de adentrarse entre los aborígenes la salvación de su honor como soldado. Pero nada resulta tan sencillo. Cuando conoce al pueblo subyugado, ve con sorpresa que nada es como se lo habían contado, y comienza darse cuenta de la barbaridad que están cometiendo.

Pero esta evolución de Sully es paralela en el personaje de Neytiri, que también ve su mundo derrumbarse cuando comienza a conocer al que creía su enemigo. Y es que ella, tan segura de sí misma, de sus creencias y de su realidad, termina enfrentándose a los dogmas establecidos por su propio pueblo para defender al invasor, al subyugador.

¿Qué trata de contarnos el guion? Que los extremos nunca son la solución. Que el punto de encuentro entre los extremos es el único punto de apoyo posible para la resolución de un conflicto. Que nada es blanco, ni negro. Y que la lucha no tiene sentido si aquello por lo que se lucha está vacío de raciocinio. Aquí no hay buenos, ni malos. Hay individuos enfrentados por absurdas injusticias sociales y económicas. Y sólo la unión de todos acabará con la guerra.

He tenido que leer en estos días que los humanos no podemos opinar sobre la injusticia de los Na’vi, que siempre lo hacemos desde la supremacía histórica y que no damos consejos u opiniones, sino discursos inamovibles. Quizás en muchos casos sea así, no podemos cambiar siglos de historia en tan poco tiempo. Pero espero que cada vez haya más Sullys y más Neytiris que nos enseñen a todos que la mejor forma de evitar la confrontación es conocer a fondo al que unos y otros te dicen que es tu enemigo y, a partir de ahí, tomar tus propias decisiones.