“Tipografía”

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​No hay que ser ningún «mente brillante» para leer entre líneas los muchos mensajes críticos que la escritora Suzanne Collins esconde en esta trilogía de libros que muestran un universo distópico en un futuro no muy lejano llamado Panem. ​

La trilogía (o cuadralogía, según se entienda) cinematográfica flotaba en la superficie de todos estos mensajes, para narrar las aventuras de Katniss Everdeen, una chica de 16 años que cambia, no sólo su futuro, sino el de todo el país, tras ofrecerse a sustituir a su hermana en un conocido reality sangriento titulado “Los juegos del hambre”. ​

Cada vez que leo la prensa y veo el espectáculo en el que se está convirtiendo nuestra amada democracia, no paro de ver paralelismos con esa sociedad en la que las diferencias entre ricos y pobres son tan evidentes como dolorosas. La muerte de Rosa, una anciana de 81 años a la que se había cortado el suministro eléctrico en su casa de Reus, ha llenado páginas de periódicos y minutos en las televisiones y radios que, sin embargo se han solapado con anuncios de perfumes, juguetes y electrónica. Todos sentimos pena por esa mujer pero, al igual que en la trilogía literaria y cinematográfica, es una noticia más dentro del juego al que nos tienen acostumbrados los gobiernos. ​

No somos demasiado distintos de los habitantes del Capitolio, que a pesar de estar exagerados en la ficción se identifican plenamente con los distintos roles sociales actuales. Vivimos en una burbuja aislada de todos los males, como en el Capitolio. Ya se encargan las multinacionales de que no nos falte de nada, y de que cada día necesitemos más cosas inservibles. Estamos acostumbrados a las muertes de gente indigente, de gente que no ha tenido la suerte de nacer en nuestro distrito, y que son un nombre más en una lista y una boca menos que alimentar con nuestros impuestos. Esto es, a mi juicio, algo terrible. La esencia del ser humano reducida a la nada, la prueba irrefutable de que somos el ser más despreciable sobre la Tierra. ​

Pero hay otro mensaje subyacente en esta trilogía, y quizás todavía más aterrador: el poder de la propaganda es todavía mayor que la propia represión social. Y aquí jugamos un papel decisivo los que nos dedicamos a la comunicación. Ya no importa qué ocurre, sino cómo te cuentan lo que ocurre. Los límites entre la libertad de expresión y la manipulación política están cada vez más difusos. Todo vale con tal de salir airosos de cara a los poderes fácticos. Katniss Everdeen es más poderosa como símbolo de la resistencia al gobierno del Capitolio, que como luchadora. El Sinsajo es, en sí mismo, la revolución. Sin él, ninguna de las batallas tiene sentido, y los líderes de la rebelión intentan aprovecharla para sus intereses, convirtiéndose en el mismo mal al que intentan derrocar.

Al final, la autora nos da, sin embargo, un halo de esperanza, pues el símbolo demuestra estar por encima de toda manipulación y seguir representado algo que se está perdiendo día tras día: un valor. El valor de la integridad, la justicia, y la libertad.

¿Estamos todavía a tiempo de evitar el desastre? Quiero pensar que sí, que todo lo que se está moviendo a nivel mundial no es más que una respuesta desesperada de una población que no quiere un Capitolio, que no quiere ser encerrada en un distrito, alienada, masacrada socialmente.

Quizás esto no sea (todavía) “Los juegos del hambre”, pero hay que empezar a hacer ver a los gobernantes que el hambre y, en definitiva, la pobreza de la gente, no es un juego.

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Joyeria Ramos