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Los más «tulliditos» recordamos con especial cariño el experimento que en el año 86 perpetraron Jim Henson y Terry Jones sobre una chica (una aniñadamente bella Jennifer Connelly) que tenía que adentrarse en un impresionante laberinto lleno de criaturas mágicas en busca de su hermanastro pequeño, raptado por Jareth, el rey de los goblins (interpretado por el camaleónico David Bowie).

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Sarah, nuestra protagonista, se veía así atrapada por una edificación asfixiante, y poblada de extraños y alocados personajes, al más puro estilo «Alicia en el país de las maravillas», entrando en una espiral en la que su propio deseo se convertía en un arma efectiva contra su misión.

Los casos de acoso escolar (odio los anglicismos) que se están registrando en nuestra ciudad en los últimos tiempos me hacen meditar sobre los laberintos a los que estos chicos y chicas tienen que enfrentarse a diario: personajes que aparentan ser amigos (al igual que ocurría con los habitantes del laberinto cinematográfico) pero que terminan por ponerte obstáculos; caminos que se abren ante ti, pero que conducen a lugares desagradables; o gente que miente constantemente para ridiculizarte y que te sientas más perdido...

No faltan en la aventura, por supuesto, los valerosos caballeros que te acompañan en el camino, a pesar de no tener brillante armadura, ni un valor a prueba de bombas. Aunque puedan ayudar en momentos determinados, es el protagonista de la historia el que tiene que enfrentarse en solitario a sus miedos para conseguir el éxito. Y todo ello, al igual que en la película, sin que los padres se den cuenta del infierno por el que han tenido que pasar.

Si seguimos con el símil, Jareth, el gran antagonista, no es más que una personificación de la adolescencia, un ente extraño, lleno de deseo, de mentiras, pero enormemente atrayente. Un ser malévolo, pero apasionante, hasta el punto de incitarte a perderte para siempre en el centro del laberinto a su lado. En muchos casos, lo consigue.

Y es que todo es, al final, una gran mentira. El laberinto es psicológico, y, al igual que ocurre con la película, la salida está frente a tus ojos, aunque no la puedas ver. «No tienes poder sobre mí», le dice Sarah a Jareth en el clímax. Eso es lo verdaderamente difícil para el acosado: darse cuenta de que el poder se lo otorgan ellos a los acosadores, aprender a usar la fortaleza de espíritu como escudo para rescatar la inocencia que todavía habita en nuestro laberinto interior. Sarah consigue rescatar a su hermanastro, Toby, de las garras de los goblins, aunque nada será igual a partir de ese momento. Ha experimentado un crecimiento interior que la ha ayudado a sobreponerse. Hay esperanza, dice la película, y una gran fiesta al final para celebrar que se puede salir de cualquier problema.

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