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Revisitando esta inmortal cinta de Richard Donner y apadrinada por Steven Spielberg con mis hijos, no he podido evitar recordar, con dolida melancolía, qué poco queda de aquel espíritu aventurero que los niños y niñas teníamos en los 80.

La sociedad ha cambiado y eso es una realidad que, nos guste o no, es tan cierta como que amanece todos los días. Ya no existen niños como Mickey (un irreconociblemente joven Sean Astin), cuyo principal objetivo en la película es encontrar un tesoro que ayude a la difícil situación económica que atraviesa su familia, a punto de ser desahuciada. Hoy en día, se dedican a pedir todo lo que pueden a sus progenitores, exigiendo muchos derechos y ninguna obligación.

Tampoco queda ningún rastro en los niños de hoy en día de la tierna inocencia (llegando a ser cargante, lo reconozco) de Gordi. Ahora sólo tenemos cantantes, bailarines e incluso cocineros precoces, deseando tener la oportunidad de lucir sus habilidades en un concurso de televisión. Y los padres recogiendo babas, mientras tanto.

Si Data, el simpático oriental creador de los inventos más inverosímiles, existiese hoy en día, sería víctima de toda clase de abusos e insultos por parte de una sociedad racista e intolerante con los que  se consideran diferentes.

Y es que, si hoy en día hiciesen esta película, todos los protagonistas serían como Bran, el hermano mayor de Mickey (interpretado por un imberbe Josh Brolin), sólo preocupado por su cuerpo y las chicas, un personaje que, curiosamente, en los 80 era un secundario bastante repelente. Seguramente, compartiría protagonismo con Bocazas (quizás el personaje más actual), un caradura como pocos capaz de engañar al mismo diablo. Aunque en la película de hoy en día no hablaría italiano, sino que se comunicaría a través de gritos y tacos malsonantes.

Y las chicas… ¿qué decir de las chicas? ¿Quién no se confesó enamorado del candor de Andy, o del atractivo carácter de Stef? Poco queda de ellas en las chicas de hoy en día, preocupadas más por ir bien maquilladas y ceñidas, para que nadie dude de su precoz feminidad, y por ser la más popular del «insti» desde su más tierna edad.

Si, ya sé que toda esta palabrería puede parecer  melancolía barata de un cuarentón. Y quizás lo sea, pero me apena profundamente cómo se está convirtiendo a los niños de hoy en día en pequeños adultos. Puede que sea culpa de la sociedad, del sistema educativo o de los padres. O quizás una mezcla de todo esto. Hoy en día, estos Goonies del siglo XXI no respetarían el cadáver de Billy el Tuerto, sino que arrancarían sus huesos para jugar al béisbol con su calavera. No dudarían en utilizar un arma contra los Fratelli, los villanos de la cinta, o unirse a su banda. ¿Qué digo? Ni siquiera existiría un grupo llamado los Goonies, porque estarían demasiado ocupados con sus tabletas, móviles y videoconsolas. A lo sumo, conformarían un grupo de Whatsapp con ese nombre.

Sin embargo, aún queda esperanza. Y depende de nosotros, los padres, enseñarles a nuestros hijos que la vida es una aventura maravillosa, en la que puede resultar duro alcanzar el tesoro que nos aguarda en un barco pirata oculto en una caverna secreta, pero que merece la pena vivir esa aventura. Una vida llena de amistad, compañerismo y sacrificio, en la que los monstruos no son los más feos, y en la que no siempre se triunfa, como le pasó al pobre Chester Copperpot mientras buscaba el tesoro pirata.

Yo no pierdo la esperanza de que las almas de los niños sigan siendo puras  y transparentes. Y que superen los clichés sociales para enfrentarse a la vida como lo que son: niños. Pude comprobar que esa esperanza sigue viva ayer, mientras disfrutaba de la película de Donner con mis hijos. ¿Saben por qué? Porque mientras disfrutaban de las payasadas, las persecuciones imposibles, los besos bajo una cascada, las trampas mortales y los superhéroes deformes, pude ver reflejado ese espíritu que tenía yo a su edad en el brillo de sus ojos.

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Joyeria Ramos